Es indudable “La trilogía de Nueva York”, aún leyéndola en inglés tal cual hice, no logra emocionarme ni cautivarme tanto como “El país de las últimas cosas” o “La invención de la Soledad”.
Leo a Paul Auster aún antes de dedicarme a la arquitectura de la Información, aún antes de saber que, junto a Borges, es uno de los escritores más vinculados a teorías de Internet, aún antes de haber leído el trabajo de Mireille Rosello publicado en “La teoría del hipertexto”.
En “La trilogía…” Auster escribe sobre la naturaleza del lenguaje, los roles del autor y el lector, todo bajo la narración de tres historias de detectives devenidos en escritores o de escritores devenidos en detectives.
Los protagonistas comporten el hecho de haber sido encerrados en “habitaciones cerradas” y que afrontan la necesidad de escapar de ellas siendo concientes de su poder creativo.
Los paralelismos con Internet saltan a la vista al leer “La trilogía…”. En primer lugar, muestra que las palabras no son transparentes como se piensa, que no siempre definen el significado de aquello que procuran explicar. El lenguaje se vuelve “sospechoso” por su multiplicidad de interpretaciones según el contexto de uso.
En el mundo digital dependemos de las palabras para encontrar lo que buscamos: etiquetas, vínculos, palabras clave. Lo que es claro para mí, no es claro para vos. Sinónimos, antónimos, homónimos, todo pierde precisión y, hasta sentido, si no es contextualizado.
El desafío de comprender la naturaleza y los usos del lenguaje es vital en un mundo digitalizado donde estar alfabetizado significa poseer “una serie de habilidades individuales que nos permitan reconocer cuando una información es necesaria y la habilidad para encontrarla, evaluarla y usarla efectivamente”.
Daniel Quinn, en la Ciudad de Cristal, se da cuenta que todo texto tiene tantas interpretaciones como lectores, sin importar cuan claro y simple esté escrito. Es imposible “encerrar” al sujeto obligándolo a seguir una dirección, mientras el sea consciente de su poder creativo y el carácter activo que le otorga el mismo.
El lector al que apela Auster, tiene las mismas características que define Martín Groisman cuando define a un sujeto activo, emprendedor, que debe interactuar. Esta concepción evita la (mala) tendencia de diseñar sitios con una idea equivocada sobre cómo los usuarios navegan en Internet, tal cual lo alertó Krug en “Don’t Make me Think!”.
Todavía demasiados diseñadores trabajan exclusivamente desde un “top-down approach”, muchos clientes quieren “todo” en la home page, sin considerar que gran cantidad de usuarios nunca pasarán siquiera por ella. Los motores de búsqueda, directorios, blogs, entre otros, multiplican las formas de encontrar información.
Los tres protagonistas de “La trilogía de Nueva York” lograron escapar de los cuartos cerrados, al reclamar su poder creativo, como autores, como sujetos activos. Ese es el mismo poder que debemos reconocer que tienen las personas que visitan nuestros sitios, potenciando sus capacidades para que encuentren la información que vinieron a buscar en nuestro sitio.
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